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Depresión o tristeza: la diferencia que casi nadie explica bien

7 min de lectura Por María José Sepúlveda Bogas

Sigues yendo a trabajar. Cumples, respondes correos, contestas cuando te hablan. Nadie a tu alrededor diría que te pasa nada. Pero llevas meses haciendo todo eso desde detrás de un cristal, y hace ya bastante que no recuerdas la última vez que algo te hizo ilusión de verdad.

Y cuando lo piensas, te dices lo mismo de siempre: no estoy deprimido, solo estoy en un mal momento. Puede que sea cierto. También puede que lleves dos años diciendo exactamente esa frase.

La tristeza tiene objeto; la depresión no siempre

La confusión más extendida es creer que la diferencia está en la intensidad — como si la depresión fuese una tristeza muy grande. No es así, y esa idea retrasa muchas consultas.

La tristeza es una emoción, y como toda emoción tiene tres características: aparece por algo, tiene una función y se mueve. Estás triste por una pérdida, por una decepción, por una despedida. Duele, y sin embargo dentro de la tristeza sigues estando tú: puedes llorar y luego reírte de algo, puedes echar de menos y aun así disfrutar de una cena. La tristeza convive con el resto de tu vida emocional.

La depresión no funciona como una emoción, sino como un estado. A menudo no hay un motivo identificable, o lo hay pero resulta desproporcionadamente pequeño para lo que estás sintiendo. Y sobre todo: no se mueve. No hay altibajos reales, no hay momentos en los que se levante. Hay una planicie que se extiende durante semanas y en la que las buenas noticias, cuando llegan, tampoco cambian gran cosa.

Ese es el matiz que más ayuda a orientarse: no cuánto duele, sino si reacciona. La tristeza responde a lo que pasa alrededor. La depresión, cada vez menos.

Lo que se apaga antes que el ánimo

Aquí está el otro malentendido importante. Mucha gente descarta la depresión porque no se siente especialmente triste. Y tiene sentido que la descarte: el ánimo bajo no es siempre el primer síntoma, ni el más llamativo.

Lo que suele apagarse antes es la capacidad de anticipar placer. Las cosas que antes te apetecían dejan de apetecerte — no es que las hagas y no las disfrutes, es que ya ni se te ocurre proponerlas. Se cancelan planes. Se dejan de contestar mensajes, primero por pereza y después porque ya ha pasado demasiado tiempo para contestar. El círculo social se estrecha sin que haya habido ninguna decisión de estrecharlo.

Junto a eso aparecen casi siempre tres cosas más. El sueño se desordena en alguna dirección: cuesta dormirse, o hay despertares a las cuatro de la mañana con la cabeza ya en marcha, o se duerme muchas horas y aun así se despierta uno agotado. La energía baja de una forma que no se corrige descansando. Y aparece un tipo particular de enlentecimiento mental: decidir qué cenar se vuelve costoso, leer un párrafo entero exige releerlo, las tareas pequeñas se acumulan porque cada una pesa más de lo que debería.

Mucha gente llega a consulta describiendo esto último como cansancio, o como estrés crónico, o como falta de motivación. Y con frecuencia ha pasado antes por el médico de cabecera a hacerse una analítica que ha salido normal.

El error de esperar a estar peor

Existe una idea instalada de que hay que aguantar hasta que la cosa sea innegable. Que pedir ayuda antes de tocar fondo es exagerar.

El problema es que la depresión no espera quieta. Tiende a organizarse: cuanto más tiempo pasa, más se estrecha la vida alrededor del estado de ánimo. Se abandonan actividades que servían de sostén, se deteriora el sueño, se reduce el contacto social — y cada una de esas pérdidas alimenta la siguiente. Lo que empezó siendo un estado se convierte en una estructura de vida que lo mantiene.

Por eso el momento de consultar no es cuando ya no puedes más. Es antes, cuando todavía conservas parte de los recursos que van a hacer falta para salir. Es bastante más fácil recuperar una rutina que se ha resentido hace tres meses que una que se desmontó hace tres años.

Un criterio orientativo razonable: dos semanas. Si el estado de ánimo bajo, la pérdida de interés y las alteraciones de sueño o energía llevan dos semanas presentes la mayor parte de los días, ya no estamos hablando de una mala racha, y merece una valoración profesional.

Por qué «poner de tu parte» no funciona como consejo

Quien está deprimido escucha, con toda la buena intención del mundo, una colección de consejos que comparten un mismo error de base: presuponen que existe una voluntad disponible que solo hay que activar. Sal más. Haz deporte. Distráete. Piensa en positivo.

El problema es que la depresión afecta exactamente a la función con la que se ejecutarían esas indicaciones. Es como pedirle a alguien con una pierna rota que camine un poco, que ya verá cómo se le pasa. No es falta de ganas: es que la maquinaria de las ganas es justamente lo que está averiado.

Ese desajuste tiene un efecto secundario nada menor. Cuando alguien recibe muchos consejos que no puede seguir, no concluye que los consejos son inadecuados. Concluye que el problema es él, que no está poniendo suficiente de su parte. Y esa culpa añadida es una de las cosas que más profundiza el cuadro.

Qué cambia cuando hay un tratamiento

El trabajo terapéutico en depresión no consiste en hablar hasta sentirse mejor. Suele empezar por el lado contrario a lo que la gente espera: por la conducta, no por el ánimo.

Se recuperan primero unas pocas actividades concretas, escogidas y graduadas, precisamente porque esperar a tener ganas no funciona — las ganas llegan después de la actividad, no antes. Cuando por debajo hay además una autoestima muy deteriorada, ese trabajo se aborda en paralelo. Se ordena el sueño, que es uno de los factores que más sostiene el cuadro cuando está alterado. Y en paralelo se trabaja el modo de pensar que la depresión instala: esa lectura de uno mismo, de lo que ocurre y de lo que va a ocurrir que parece descripción objetiva de la realidad y es, en buena medida, un síntoma más.

Es un trabajo que lleva su tiempo y que no avanza en línea recta. Pero es un cuadro con tratamiento eficaz y bien establecido, y eso conviene decirlo claro, porque desde dentro de una depresión la idea de que esto pueda cambiar resulta poco creíble. Esa incredulidad, también, forma parte del cuadro.

Si llevas meses leyendo sobre esto

Hay una diferencia entre informarse y postergar, y no siempre es fácil distinguirlas desde dentro. Buscar información sobre lo que a uno le pasa es un movimiento sano. Llevar un año buscándola, en cambio, suele ser otra cosa.

No hace falta que tengas claro si lo tuyo es depresión antes de consultar. Esa distinción es precisamente parte de lo que se valora en consulta, y no es una tarea que te corresponda resolver a solas.

Lo que sí puedes usar como criterio es más simple: si esto lleva meses acompañándote, si has ido reduciendo cosas sin haber decidido reducirlas, y si te has reconocido en más de una de las descripciones anteriores, ya hay motivo para una primera valoración. Buena parte de las personas que llegan a consulta por este motivo dicen exactamente lo mismo: que no es para tanto, que solo es un mal momento. Y llevaban razón durante un tiempo. Solo que ese tiempo ya había pasado.

En el Gabinete de Psicología Aplicada Iluro, en Mataró, trabajamos con adultos en psicología clínica. Puedes llamarnos al 937 061 167 o escribirnos desde nuestra página de contacto para pedir una primera consulta, sin ningún compromiso.

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