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Primera sesión con el psicólogo: qué pasa realmente ahí dentro

7 min de lectura Por María José Sepúlveda Bogas

Tienes el número guardado desde hace tres semanas. Lo has abierto varias veces. Una tarde llegaste a marcarlo y colgaste antes del segundo tono, con esa mezcla rara de alivio y fastidio de quien acaba de esquivar algo que sabe que va a tener que hacer igualmente.

No es que no sepas que lo necesitas. Es que no sabes qué va a pasar cuando entres. Y esa incógnita pesa, en la práctica, más que el propio motivo por el que quieres ir.

Lo que frena a la mayoría no es el problema, es la puerta

Casi todo el mundo imagina la primera sesión a partir de imágenes que no vienen de ninguna consulta real: el diván, el silencio incómodo, alguien tomando notas sobre tu infancia mientras tú hablas sin parar. O el extremo contrario: el temor a que te escuchen diez minutos y te digan que lo tuyo no es para tanto.

Ninguna de las dos cosas ocurre, pero mientras no se sabe, la imaginación rellena el hueco con lo peor disponible. Y el hueco frena. A consulta llega gente que llevaba dos años decidida a pedir cita, y cuyo obstáculo no era el problema que traía —a veces muy claro y muy definido— sino no tener ni idea de qué se encontraría al abrir la puerta.

Por eso tiene sentido contarlo con antelación. No hay nada confidencial en el procedimiento: lo confidencial es lo que tú digas dentro.

Qué ocurre realmente en la primera hora y media

La primera sesión es, sobre todo, una conversación. Una conversación con una estructura y un objetivo, pero una conversación.

Empieza por lo que te ha traído. No hace falta que llegues con un relato ordenado: basta con que cuentes lo que puedas de por qué has decidido pedir cita ahora y no hace seis meses. Esa pregunta, la del ahora, suele ser más informativa de lo que parece: casi siempre hay algo que se ha movido recientemente y que explica por qué el malestar ha dejado de ser tolerable.

Después se amplía el foco. Cómo duermes, cómo comes, cómo está tu ánimo a lo largo del día, qué has probado ya por tu cuenta, si esto te ha pasado antes y qué ocurrió entonces, con quién cuentas. Da igual que el motivo sea ansiedad, un problema de pareja o algo que todavía no sabes nombrar: el mapa inicial es el mismo. No es curiosidad ni relleno: cada una de esas piezas cambia el tipo de trabajo que tiene sentido plantear.

Y termina con una devolución. Es decir: con una primera lectura de lo que se está viendo, dicha en voz alta y en un lenguaje que puedas reconocer. No un diagnóstico cerrado —para eso hace falta más de una sesión—, pero sí una hipótesis de trabajo y una propuesta concreta de por dónde empezar, con qué frecuencia y con qué objetivo.

Sales sabiendo algo que no sabías al entrar. Ese es el mínimo razonable de una primera sesión.

No hace falta que sepas explicar lo que te pasa

Esta es probablemente la preocupación más repetida, y la más innecesaria: no sabría ni por dónde empezar.

No pasa nada. Buena parte del trabajo consiste precisamente en poner nombre a cosas que llegan sin nombre. Hay quien entra con una descripción muy precisa de lo que le ocurre y hay quien entra diciendo únicamente que lleva meses raro, que no disfruta de nada y que no sabe explicarlo mejor. Los dos puntos de partida son igual de válidos.

De hecho, la persona que llega con una explicación demasiado cerrada a veces tarda más, porque esa explicación —construida a solas durante meses— puede estar organizada alrededor de una conclusión equivocada sobre uno mismo.

Tampoco hace falta que traigas el episodio más grave de tu vida. Se empieza por donde se pueda. Lo que no se puede contar el primer día se cuenta el cuarto, o el décimo, o no se cuenta nunca, y también está bien.

Qué no va a pasar

Conviene decirlo con la misma claridad, porque los miedos concretos se desactivan con información concreta.

No te van a juzgar por lo que cuentes. Esto suena a fórmula, así que lo diré de otra manera: en una consulta de psicología se escuchan, de forma rutinaria, las cosas que la gente cree que no puede contarle a nadie. Lo que a ti te parece excepcional, en consulta es martes.

No vas a quedar obligado a nada. Una primera sesión puede terminar contigo decidiendo que este no es el momento, o que no encajas con la profesional que tienes delante. Ambas cosas son respuestas legítimas y ninguna requiere justificación.

No se lo van a contar a nadie. La confidencialidad no es una cortesía del gabinete, es una obligación deontológica del ejercicio profesional, y tiene muy pocas excepciones, todas ellas relacionadas con un riesgo grave para la vida de alguien.

Y no vas a salir con la vida resuelta. Una sesión no arregla lo que se ha ido construyendo durante años. Lo que sí puede darte es dirección, que en un punto de bloqueo vale bastante más de lo que parece.

Cómo saber si has dado con la profesional adecuada

No todos los profesionales encajan con todas las personas, y eso no es un defecto del sistema: es una característica de un trabajo que se sostiene sobre una relación.

Hay un par de señales razonables para orientarse al salir de la primera sesión. La primera: ¿te has sentido escuchado sin sentirte evaluado? La segunda, y más importante: ¿entiendes lo que te han propuesto y por qué? Si sales con la sensación de que ha habido una conversación pero no sabrías explicar qué se va a hacer ni con qué finalidad, es legítimo preguntarlo directamente. Y es legítimo buscar a otra persona si la respuesta no te convence.

Verificar la colegiación es igualmente razonable y no ofende a nadie. Cualquier psicólogo sanitario tiene un número de colegiado y un registro sanitario que puedes comprobar. En el caso de María José Sepúlveda, están publicados en la web precisamente para eso.

Sobre la duda de si «esto es suficientemente grave»

Es la última barrera, y la que deja fuera a más gente.

La idea de que la consulta psicológica está reservada para situaciones extremas hace un daño considerable. Entre otras cosas porque la mayor parte del sufrimiento psicológico no es espectacular: es sostenido, discreto y perfectamente compatible con ir a trabajar todos los días y no preocupar a nadie.

No existe un umbral de gravedad que haya que superar para tener derecho a pedir ayuda. El criterio útil es otro y es mucho más sencillo: si algo lleva tiempo ocupándote espacio mental, si has intentado resolverlo por tu cuenta y sigue ahí, y si has llegado a buscar información sobre cómo pedir cita, ya tienes motivo suficiente.

La primera llamada es, casi siempre, la parte más difícil del proceso. Lo que viene después se parece bastante poco a lo que uno se había imaginado mientras la aplazaba.

En el Gabinete de Psicología Aplicada Iluro, en Mataró, ofrecemos psicología para adultos tanto presencial como online. Puedes llamarnos al 937 061 167 o escribirnos desde nuestra página de contacto para pedir una primera consulta, sin ningún compromiso.

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